Cambié yo y mi mundo cambió

Tardé tiempo en darme cuenta de que el cambio estaba en mí. Pasé largas temporadas con la mirada permanente en el papá de mis hijas, detectando y pensando en los cambios que debía hacer para que nuestra relación cambiara, mejorara o fuera distinta. Si yo quería una vida diferente la única persona que podía lograrlo era yo, soy yo. Me pasé años pensando que todos debían cambiar porque la que estaba bien era yo.

En el momento en el que desperté y me di cuenta de que el cambio lo podía generar yo misma, sin necesidad de exigir a nadie nada, sin expectativas, haciéndome responsable de mi vida, cambiando la mirada y atención, del exterior a mi interior, entonces mi entorno empezó a tener otra cara. Al principio de mi separación, mi mayor reto era mantenerme alerta, consciente de todas mis emociones, sin despreciar ninguna, reconocer, sentir y dejar ir.

Fue difícil aceptar que el cambio estaba en mí y hoy comprendo por qué, mi programación desde la infancia fue en esa dirección, yo estoy bien el mundo que cambie. Ahora entiendo porque la resistencia a abrirme a la posibilidad de generar mi propio bienestar. Definitivamente hasta este momento lo siento y lo vivo, no antes no después, así es la vida, tiene sus tiempos, reta a aprender, a cuestionar, a atreverme a seguir mi intuición, por loca y desquiciada que parezca.

Es un gozo saberme responsable de mi propia felicidad e infelicidad, de cada una de mis emociones y decisiones, de mi vida en general, porque eso me ha hecho ser un mejor ser humano. No solo por mí y para mí como mujer sino también como madre, me siento feliz de transmitir a mis hijas el hábito de ser ellas mismas, de no perder su espontaneidad ni luz, de siempre escucharse y de no bajar el volumen a su intuición, crecer responsables de su propia vida, de asumir las consecuencias de cada una de sus decisiones y de sentir cada emoción que llegue a su cuerpo.

Finalmente, soltar el tan sonado “si yo hubiera o si yo no hubiera”, desaprender ha sido un ejercicio constante que me ha llevado a comprender y aceptar que cada experiencia en mi vida ocurre como una oportunidad para aprender y trascender. Lo que pasó me hace ser la persona que soy hoy en día. Esta consciencia me permite agradecer, gozar y vivir el presente que es el instante en el que respiro.

 

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