¿Fracaso? una mirada nueva sobre el divorcio.

Según Wikipedia, fracaso es lo contrario del éxito o triunfo. Según la Real Academia Española es el “malogro o resultado adverso de una empresa o negocio”; un «suceso lastimoso, inapropiado y funesto» o la «caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento»: “Que sucede sin haber pensado en ello, o sin esperarlo.”… A pesar de ello, puede ocurrir que los fracasos no sean inesperados o imprevistos, sino que sucedan precisamente como se temían, a pesar de haberse emprendido con alguna esperanza (por muy pequeña que fuera) de que no sucedieran.

En mi experiencia, vivimos en una sociedad donde el matrimonio se celebra y el divorcio se señala. Independientemente de averiguar si la persona involucrada es o no feliz, tiene paz o carece de ella, si la experiencia le está sumando o restando y enfermando, si son más los momentos de alegría que de tristeza o ansiedad, si juntos son equipo o se están dañando. Parece que importa más un estado civil y mantener una familia como tradicionalmente la conocemos que nuestro propio crecimiento personal y, en caso de haber hijos, el ejemplo que estemos dando.

Recuerdo los comentarios y expresiones de amigos y familiares cuando decidí compartir esta decisión. Desde luego que cada uno reaccionamos y percibimos de manera diferente en función de nuestras creencias y experiencias. En su mayoría se sorprendieron, algunos mostraron decepción, preocupación, extrañamiento, incredibilidad y cuando se profundizaba sobre el tema las opiniones y los consejos venían desde el miedo.

Comentarios como “te urge un buen abogado”, “aguas porque igual y no se hace responsable de tus hijas”, “no te divorcies, tus hijas están chiquitas”, “tú no te salgas de tu casa”, “ponte bien lista”, “cuidado, guarda pasaportes en un lugar seguro”, “no se vaya a llevar a tus hijas”, “¿se regresa a su país?”, “no cedas y si lo haces asesórate primero”, “pero ¿estás segura? porque en el matrimonio es normal que ya no te sientas feliz”, “pero ¿por qué? si no pelean”, “prepárate para juicios interminables”… en ese momento, recuerdo haber tenido una gran confusión en la cabeza.

Por un lado, recibí opiniones y consejos de las personas que me importan y, por otro, mi intuición me gritaba que yo no quería pelear ni lastimar sino todo lo contrario quería que ambos, el papá de mis hijas y yo estuviéramos bien. Y no solo eso, sino que yo en el fondo de mi corazón estaba segura y convencida de que podíamos lograr una separación amorosa y respetuosa, sin necesidad de llegar a un juzgado ni mucho menos someter a nuestras hijas. Yo no daba cabida a que una relación que empezó con amor pudiera terminar en desastre.

Recuerdo haber recibido una felicitación, de una amiga que previamente se había divorciado. Ella contundente me dijo “Adriana, yo te felicito, ahora no lo comprendes, pero cuando estés bien sabrás por qué te lo digo”. Efectivamente, en ese momento hasta fuera de lugar me pareció su comentario. Porque lo que yo conocía era la connotación contraria, la que es socialmente correcta.

Por supuesto que agradezco cada palabra, consejo, abrazo, expresión de acercamiento, apoyo y cariño, sin embargo, soy consciente de que en nuestra sociedad el divorcio tiene una connotación negativa, de fracaso, guerra, pleito, jaloneo, pérdida, ganar-perder. La buena noticia es que estas etiquetas se las hemos puesto nosotros mismos como sociedad, en ningún lado dice que esa es la verdad, es una percepción que se tiene, creada por el hombre y por el hombre mismo puede modificarse. Estoy consciente de que no es algo sencillo de lograr, pero desde luego que es posible.

Una relación de pareja puede durar toda la vida o puede durar unos meses o unos años, en mi opinión, lo importante es la experiencia que te deja, lo que das y lo que te llevas, lo que aprenden uno del otro, la evolución que ambos logran y en la persona en que se transforman. En mi opinión, el valor no está en el tiempo que dura un matrimonio por el mero hecho de que “tiene o debe” sino lo que experimentan y generan juntos.

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