Hasta que la muerte nos separe…

Esta creencia la adopté en la infancia y obtuvo fuerza el día que me casé. ¡Qué frase! Yo me casé por el civil y por la iglesia, tal como en mi época se estilaba. Hoy, vivo con mayor conciencia de mis acciones y reconozco que las tradiciones familiares y sociales me influenciaron en la decisión de casarme. Yo lo permití, no lo veo como algo bueno ni malo simplemente una realidad de esa época de mi vida. En el momento en que pensé en formalizar mi relación, algo en mí sabía que el siguiente paso era el matrimonio, así lo aprendí y así lo implementé. Nunca me cuestioné qué era el matrimonio o para qué es que nos casábamos, nunca lo vi como un contrato o como una formalidad legal, más bien lo pensaba como el paso que seguía si tenía intención de vivir bajo el mismo techo con el hombre que amaba. Eso en mi mente era lógico y evidentemente lo más sencillo para evitar fricciones o discusiones con mis padres. Las que se hubieran generado en caso de que yo hubiera decidido simplemente irme a vivir con él.

En ese entonces, cuando me casé, la frase “hasta que la muerte nos separe” tuvo un significado muy claro, me había casado para toda la vida. Una creencia poderosa que no me daba libertad de pensar diferente ni de ver alternativas, al contrario, una creencia limitante que denotaba intolerancia y miedo. Esta poderosa frase la escuché durante muchos años de mi vida, cada que la escuchaba reconozco que hasta romántica me sonaba, no quiere decir que no crea que dos personas puedan compartir su vida por muchos años o para siempre sino más bien hago ver el peso emocional y social que para mí acarreaba. Sin embargo, en esa etapa de mi vida no tenía la conciencia para verlo así.

Mis padres me transmitieron que el matrimonio era cosa seria que habría de hacerse reflexivamente porque sería una decisión que duraría toda la vida. Su ejemplo siempre fue el de una pareja amorosa, responsable de su proyecto familiar, de apoyo y comprensión mutua. No recuerdo momentos malos o de peleas, seguro las hubo pero hasta para eso lo sabían hacer en pareja y cuidando su privacidad. Yo crecí creyendo que así era el matrimonio, nunca me imaginé la montaña rusa de emociones y experiencias que implica la convivencia diaria con otra persona.

No juzgo, simplemente reconozco la percepción que yo tenía ante la ilusión de un matrimonio “ideal”. Esta experiencia con la que crecí y mi intención de repetir en automático lo aprendido, sin darme cuenta que esa historia no era mía sino la de mis padres, hacían que mi creencia de “hasta que la muerte nos separe” se fortaleciera. Desde la ignorancia o inocencia crecí creyendo que el matrimonio era sinónimo de vivir en pareja, fui creciendo y se fue modificando el concepto, muy alejado de la realidad porque una cosa no necesariamente tiene que ver con la otra.

Al día de hoy he aprendido que así como la vida no es permanente tampoco son para siempre las experiencias, momentos, decisiones. Todo tiene un inicio, un final y es un constante cambio. Así es la vida y hoy agradezco tener claridad y conciencia del curso de mi matrimonio. Insisto, no está bien ni está mal, es una realidad que vivo todos los días desde el amor y la gratitud. Tener conciencia de que la vida es un cambio y aprendizaje constantes me ha dado la capacidad de apreciar, aceptar y gozar cada instante. De esa manera he podido modificar y trascender mis creencias.

La frase que más me atormentaba durante la separación y el divorcio, “hasta que la muerte nos separe”, hoy tiene un significado diferente en mi vida. Hoy la pienso desde el amor y con la creencia de que lo que bien empieza bien termina, sin contrato de tiempo.

Hoy, el papá de mis hijas y yo tenemos una relación parental que ambos vivimos con responsabilidad y profundo amor hacia nuestras hijas, una relación que de nosotros depende llegue a su fin hasta que la muerte nos separe.

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