Aprendiendo a vivir con mis emociones

Hoy, después de dos años y medio me sigue doliendo y me permito sentir las emociones que llegan, cuando llegan: tristeza, ansiedad, miedo, coraje, rabia, pena… las que vengan, las siento, las acepto, ya no me peleo con ellas, sólo identifico cada una. He aprendido a percibir en que parte de mi cuerpo habita cada emoción, a detectarla, identificarla, sentirla, agradecerla y dejar que pase. Este ejercicio me ha permitido avanzar y auto conocerme. De la otra manera, negaba mis emociones, me peleaba con ellas, cambiaban mi estado de ánimo y permanecían en mí durante mucho tiempo. Esto lo entendí en terapia. Aprendí que las emociones vienen y van si yo me permito sentirlas, sin juzgarlas ni juzgarme. Desde el día uno de mi separación busqué ayuda psicológica, pienso que este acompañamiento me ha ayudado enormemente no sólo a comprender mi proceso de divorcio sino más allá, me ha servido para darme cuenta de que tanto el papá de mis hijas como yo hicimos todo lo mejor que pudimos. Recuerdo bien que al principio de la terapia me negaba a aceptar que él hubiera dado todo de su parte o hubiera puesto su máximo en la relación o en solucionar nuestras diferencias. Con el tiempo comprendí que ambos deseábamos que nuestro proyecto familiar funcionara y que nuestros planes continuaran, sin embargo, fue duro, pero a la vez sanador, darme cuenta de que el papá de mis hijas y yo teníamos formas drásticamente diferentes de actuar. Esto puede sonar muy simple y hasta obvio, descubrí que mi 100%, de lo que fuera, jamás iba a coincidir con su 100% y viceversa. Quizá mi 100% equivalía a un 70% suyo y al revés. Entender esto hizo una gran diferencia, principalmente, porque dejé de poner mis expectativas en él. Algo tan simple me tuvo atorada con un mismo sentimiento por largo tiempo.  Sin duda somos seres en constante evolución, cada uno cuenta con una historia distinta de vida, un costal lleno de personajes, de miedos, creencias, experiencias, juicios, carencias, etc. que nos hacen actuar de cierta forma. Primero logré verlo y entenderlo, y hoy acepto en consciencia las diferencias del papá de mis hijas con respecto a mí, las valido y las agradezco porque él es como es y está bien. Así como yo y como todos. No tiene que ser, pensar o actuar como yo. No solo eso, hoy tengo la capacidad de agradecer que ambos somos quienes somos porque ambos tenemos una historia y cargamos un costal con pesos diferentes. Ya no pretendo cambiarlo, ya no tengo la mirada volcada en él, ya no califico su comportamiento, ni juzgo lo que piensa, dice o hace. Simplemente lo observo, lo acepto, lo respeto y lo agradezco. Estos pasos me han enseñado a convivir con él de manera positiva y enriquecedora. Porque tanto él como yo hacemos lo mejor que podemos cada día, con nuestras propias herramientas. Llegar a esto me ha costado mucho trabajo personal: muchas lágrimas, muchos ratos de enojo con la vida, y mucho tiempo pensando “¿por qué yo?”. En terapia he logrado expresar mis sentimientos y he aprendido a hacerme responsable de mí y de mis acciones. También he aprendido a mirarme, a validarme y a preocuparme por mí. He descubierto que mi trabajo personal impacta todos los días no sólo a mí, sino a las personas que me rodean y con quienes convivo, particularmente, a mis hijas y al papá de mis hijas.

Sin comentarios

Deja tu comentario