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La Familia

Recuerdo salir a la calle y tener una capacidad bárbara para detectar familias de cuatro personas, mamá, papá e hijos que me recordaban lo que había perdido y lo miserable que me sentía con aquella realidad. En ese momento, la sensación de pérdida era enorme a pesar de sentirme mejor separada que en familia. Hoy, puedo contarlo, en aquel momento, sentía un nudo en la garganta, los ojos se me llenaban de lágrimas y las emociones que predominaban eran tristeza, culpa y rabia.

Poco a poco fui enfocando mi atención en algo más que la familia de cuatro integrantes. Me volví una observadora de personas, familias, parejas, dinámicas familiares, diálogos y descubrí que el concepto de familia lo aprendí a lo largo de mi vida, desde mi propia familia y la sociedad en la que crecí. Ese concepto único de familia unida y feliz que pase lo que pase deben permanecer juntos. Como si lo que nos hiciera ser familia fuera vivir bajo el mismo techo y salir todos juntos, sin importar qué pasa ahí dentro, si están creciendo como personas, si se están nutriendo o se están haciendo daño.

A partir de ahí, logré entender por qué cuando mi marido, mis hijas y yo dejamos de vivir juntos, me dolió el alma, por supuesto porque eso supuso un cambio absoluto en mi vida, en los planes y en mis sueños, pero, además, porque yo solo conocía y aprobaba ese modelo de familia. Al no validar ni reconocer otros tipos de familia, mi mente no hacía más que generar pensamientos de fracaso, soledad, pérdida, incapacidad e insignificancia. Obvio, llevaba toda mi vida creyendo que la familia tradicional, mamá, papá e hijos, era la única fórmula.

Antes, me era imposible verlo, por eso vivía con culpa, sintiendo que sin una familia convencional sería incapaz de continuar con mi vida. Una vez superado el duelo pude aceptar mi realidad, fue entonces que logré agradecer la experiencia y descubrir que una familia cambia, que no es necesario que todas las familias sean iguales o estén formadas de la misma manera, que la familia de mis hijas no dejó de existir. Al contrario, se hizo más fuerte porque ahora sus papás estamos enfocados en ser equipo parental consciente para ellas y, además, les mostramos la alegría de vivir, cada uno a su manera. 

Hoy, tengo la apertura de cambiar mi creencia y generar un concepto de familia que a mí me acomode, que sea congruente conmigo, con mis valores y con mi realidad. Así como mis padres, en su momento, me enseñaron una forma de hacer familia, hoy, yo tengo la capacidad y responsabilidad de mostrarles a mis hijas ese poder. No solo para su propia evolución sino también para que el día de mañana si su familia cambia ellas tengan herramientas para verlo y vivirlo con naturalidad. 

Lo verdaderamente importante no es si se vive o no bajo el mismo techo, si llegan todos juntos a las reuniones o a las fiestas, si viajan y realizan actividades como una familia tradicional. En mi opinión, el valor real está en lo que sucede bajo ese techo, en la relación y el vínculo que están creando, en criar amorosa, respetuosa y responsablemente a los hijos, en modelar una vida con valores en donde todos se nutran, sumen y compartan en familia. 

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